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La pintura de Iván Montaña, artista nacido en Tarragona, se podría fácilmente inscribir en la tradición del Informalismo a pesar de tratarse de una obra contemporánea. También podríamos acercarla a la producción de Franz Kline, y por ende al Expresionismo abstracto norteamericano, con el que, debido a cierta depuración en el gesto, tiene quizá más relación. Recientemente, Douglas Sheer ha señalado todas estas afinidades, y con toda razón.

 

Lo cierto es que, cualesquiera que sean las influencias directas reconocibles en esta obra, uno percibe en ella una suerte de homenaje permanente a los pintores que forjaron el camino del arte abstracto en la posguerra. En pleno siglo XXI, este apego a la abstracción se podría interpretar como una suerte de resistencia vital contra las tendencias más recientes, las cuales se inclinan a ver la obra de arte, o bien como una comodidad cualquiera, - una suerte de bibelot (a veces de proporciones gigantescas) con una plusvalía desmesurada -, o bien, como un supuesto medio de denuncia social tan insistente como ineficaz, puesto que su campo de influencia no va nunca mucho más allá de las salas y muros de los museos. En efecto, por sus características propias, el arte abstracto no puede sino encontrarse en la línea de aquel “arte-purismo” (l’art pout l’art) frente al cual se ofuscaban tanto los muralistas mexicanos.

 

Sería un absurdo negar que las preocupaciones que lo animan son, ante todo, de orden formal, si bien la satisfacción que procura apela al alma, -sin miedo aquí a emplear este concepto tan primitivo como primordial-, tanto del pintor como del espectador. Es por ello que todo pintor abstracto cuya búsqueda sea honesta no puede sino producir un arte profundamente individual, a pesar de todas las referencias a otros pintores que se puedan reconocer en su producción: tal es el caso de Iván Montaña.